¿Crear discordia o sembrar paz?

Es tan simple este interrogante, que el plantearlo parece una perogrullada. Es tan evidente la respuesta, que en teoría nadie duda de ella: nuestro deber primordial es ser sembradores de paz. Pero en la práctica este deber se olvida con bastante frecuencia.
Es, sobre todo, llamativo lo poco que se tiene en cuenta esta exigencia de paz por quienes, revestidos de autoridad, están especialmente obligados a trabajar para que la paz se haga realidad entre los ciudadanos.
Unas veces será usando el poder en contra del pueblo con actuaciones extremadamente violentas, como ocurre en las guerras que, por desgracia, todavía existen en nuestro mundo.
Con frecuencia, sin embargo, y sin llegar a esos extremos, se crea crispación y discordia cuando en reformas y leyes se prima al capital sobre las personas, que quedan desprotegidas y que, lógicamente, protestan con todo derecho. Y también ocurre cuando, con gestos autoritarios y poco democráticos, determinados políticos lanzan duras palabras, cual venablos envenenados, contra el adversario que disiente, recordando constantemente sus fallos y sin tener en cuenta los propios. Todo esto favorece poco un clima de paz.
Son frecuentes estas actuaciones en los que tienen algún poder, pero son aún más significativas en los gobernantes destacados.
Ataques tan directos, despectivos y furibundos, recibirán, sin duda, el aplauso entusiasta de los incondicionales, pero no ayudan a la creación de un clima social pacífico, obligación primordial de todo gobernante.
Y, desde luego, con estas posturas, el diálogo, tan necesario en la sociedad, que exige un ambiente de respeto mutuo, se hace prácticamente imposible, ya que se cierra las puertas al que lo quiera llevar a la práctica.
Los comportamientos autoritarios son la explicación más clara y concreta del refrán latino “quia nominor leo” (actúo así porque soy quien soy, poseedor de la fuerza).
Las actitudes virulentas e impositivas contra derechos consolidados muestran tal seguridad en las propias ideas, que difícilmente admitirán otras. Todo esto tensa los ánimos de los afectados y en los ciudadanos, en general, dejan un poso de desengaño y desafección hacia los políticos. Así lo estamos viviendo en nuestro país.
La política que genera discordia en vez de crear paz, que origina crispación en lugar de promover el acuerdo, no responde a las exigencias de la sociedad y no atiende a las necesidades del pueblo.

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