El grito de las mujeres

El pasado domingo celebrábamos, como cada año, el Día Internacional por la Eliminación de la Violencia de Género. Una vez más salieron a las calles nuestras mujeres y su grito retumbó en todos los rincones de la sociedad. Un grito cargado de razón ante la persistente violencia machista que, en lo que va de año, ha causado en España -¡es triste que destaquemos en esto!- el asesinato de 45 mujeres y 27 niños. Un grito que demandaba para las mujeres el reconocimiento real de los mismos derechos de que gozan los hombres. Un grito, en definitiva, que exigía la desaparición de la discriminación de la mujer que, increíblemente, se sigue dando en muchos ámbitos de la sociedad, incluidos el del trabajo y los salarios.

Nuestras mujeres talaveranas, algunas con el rostro cubierto con máscaras blancas, recordaban a las casi mil víctimas, desde el año 2003, y manifestaban con rabia que la violencia machista es el pan de cada día, de cada semana y de todos los meses del año. ¡Basta ya! ¡Ninguna más!, gritaban insistentemente las participantes. En su manifiesto nuestras mujeres constataron la añeja y actual realidad del patriarcado, que les castiga por no ser sumisas, por vestir como quieren, por cortar una relación sentimental, por no ser, según su criterio -el criterio de los hombres-, buenas mujeres.

Es a esta figura machista a la que hay que enfrentarse con fuerza y decisión. Ante la brutal concepción de una mujer sometida al marido o al padre y ante la situación de malos tratos y asesinatos de mujeres, de ella derivada, debemos seguir luchando. Se trata de crear una fuerte conciencia de respeto mutuo y de reconocimiento de los mismos derechos para todos y todas, aunque los hechos tozudos pretendan inducirnos al desánimo, a la resignación y al conformismo. Esta lucha no es contra los hombres, pues también ellos son víctimas, en cuanto que también a ellos se les exigen grandes sacrificios, como aparentar no ser vulnerables o sentirse obligados a no manifestar los propios sentimientos. Tenemos que entender que los beneficios que se consigan con la erradicación del machismo no solo favorecerán a las mujeres, sino también a los hombres, a los que, como integrantes de este sistema, les liberarán de sus actitudes de orgullo y superioridad, que igualmente les alienan y deshumanizan. Debemos, por tanto, implicarnos todos y todas, hombres y mujeres.

Esta batalla hay que darla en el terreno jurídico, en el político, en el económico, en el religioso, pero, sobre todo, en el ámbito educativo. La educación, desde la más tierna edad, debe ser una educación para la igualdad, una educación que, comenzando en la familia y continuando en las progresivas etapas infantil, primaria, secundaria y universitaria, priorice el respeto hacia el ser humano por encima de cualquier tipo de diferencia.