Fundamentalismo contra civilización

Una vez más estamos viviendo en España, y de modo más especial en Cataluña, el zarpazo del terrorismo fundamentalista con sus terribles consecuencias de sufrimiento y dolor para los familiares de las víctimas y las lógicas reacciones de los ciudadanos. Estas reacciones son en general de solidaridad con las víctimas y de condena del terror, pero también, en algunos casos, de rechazo y desprecio a aquellos colectivos que, por circunstancias religiosas y culturales, podrían tener una cierta proximidad o cercanía con los que han producido este terror. Los medios de comunicación nos informan de la injusta persecución ideológica a que están siendo sometidas en algunos lugares personas y comunidades musulmanas y en las redes sociales crece como la espuma la ola de islamofobia. En ambos casos se ignoran, o se quieren ignorar, las manifestaciones públicas de muchas comunidades islámicas rechazando y condenando estos atentados.

 

No tienen justificación religiosa alguna, y perjudican gravemente a su fe, los que, al grito de “Alá es grande”, siembran y extienden el terror, asesinando a seres humanos. ¿En nombre de qué Dios se puede llegar a cometer semejantes atrocidades? Toda religión, que se precie de tal, tiene como principio fundamental la fe en un Dios creador y dador de la vida, y ello significa que, de ninguna manera, puede este Dios querer que se robe la vida, por él transmitida, a quienes la han recibido de él. Los que, en nombre de Alá, se dedican a perpetrar atentados, como los ocurridos en Barcelona y en otras partes del mundo -también, por cierto y con gran intensidad, contra colectivos musulmanes esparcidos por muchos países- justifican sus siniestras actuaciones en una interpretación del Corán, absolutamente diabólica e inhumana, que a toda costa quieren imponer a todos los demás, sean musulmanes, creyentes de cualquier otra religión o no creyentes. Y lo hacen porque piensan que de esta forma defienden a Dios. Pero ni el Dios en el que dicen creer ni el de cualquier otra religión necesita de tales defensores. Estas atrocidades constituyen una auténtica aberración desde cualquier punto de vista que se considere.

 

Es verdad que, en tiempos ya lejanos, estos fanatismos estuvieron vigentes entre nosotros y dieron lugar a infinidad de guerras religiosas y contra distintas culturas. Pero, hoy día, en nuestro mundo plural, en el que se va imponiendo la civilización de la solidaridad, la fraternidad, la igualdad y la libertad, es algo que no se puede entender. Y resulta aún más ininteligible cuando los agentes directos del terror son personas jóvenes que han sido educados en esta sociedad. Hay que pensar que los mentores, responsables de incrustar el fanatismo religioso en estos jóvenes, son los verdaderos culpables de las masacres terroristas. Este hecho nos pone en guardia y nos insta a la vigilancia que debemos poner en la educación de nuestros niños y adolescentes para que no caigan en la idolatría de otros falsos dioses, personificados en determinados personajes (cantantes, deportistas…), por los cuales, a veces, son capaces hasta de matar.

 

Volviendo al tema principal. O la religión favorece la fraternidad, la libertad y la igualdad de las personas, y se opone a cualquier clase de violencia, o no merece el nombre de religión.