La mujer en las religiones

A lo largo de la historia la sociedad ha ido configurando distintos roles para el hombre y para la mujer. Al hombre, en la antigüedad, se le confió la gestión de la cosa pública y el ejercicio de la guerra, mientras que lo propio de la mujer ha sido siempre la responsabilidad del hogar y el cuidado de los hijos. Las leyes, usos y costumbres han ido conformando una situación de desigualdad en la que destacaba la superioridad y el peso social del hombre en detrimento del papel de la mujer. Esta desigualdad ha sido favorecida por el machismo imperante en la práctica totalidad de las religiones. En el judaísmo, concretamente, el machismo campaba a sus anchas en los distintos ámbitos de la vida, llegando a extremos de considerar indigno de un maestro de la ley hablar públicamente con una mujer o de que el marido pudiese echar de casa a su mujer si esta salía a la calle con la cara descubierta.

Estos convencionalismos machistas contrastan con el comportamiento de Jesús, que en todas sus actuaciones defendía la dignidad de la mujer y su igualdad con el hombre. Así se concluye del trato cercano, afable, amistoso y respetuoso que tuvo siempre con ellas. Sabemos por los evangelios que  se dejaba acompañar y atender por mujeres; con algunas mantenía una profunda amistad (Marta y María); hablaba de tú a tú con ellas, sin miedo a los convencionalismos sociales (diálogo con la samaritana); era comprensivo con las mujeres adúlteras y con las socialmente consideradas pecadoras públicas; fue una mujer, María Magdalena, la primera testigo directa de su resurrección…

Si bien es verdad que San Pablo, tributario de los cánones culturales de su tiempo, dictó normas machistas para las reuniones litúrgicas, estaba, por otra parte, profundamente convencido de la igualdad de todos los seres humanos, por encima de nacionalidad, status social o género. “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”, escribe en su carta a los Gálatas. A pesar de este pensamiento paulino, la inferioridad de la mujer se fue consolidando y manteniendo en las leyes y costumbres de la Iglesia, a cuyos organismos y ministerios decisorios nunca ha tenido acceso. Sus funciones han sido siempre subsidiarias: limpiar el templo, adornar los altares, preparar las ropas litúrgicas, dar catequesis a los niños (siempre bajo la supervisión del párroco).

Viendo los avances hacia la igualdad entre el hombre y la mujer que se van dando en la sociedad, uno se queda asombrado de que en la Iglesia no se den pasos en esta dirección. Esperemos que se hagan pronto realidad en la Comunidad cristiana aquellas palabras de San Pablo, que tan perfectamente reflejan el comportamiento de Jesús con la mujer.

(Publicado en La Tribuna)