No es lo mismo respetar que adoctrinar

Hace unas semanas se formó un revuelo con el autobús fletado por la Asociación ultramontana “Hazte oír”. Recorrió las calles de Madrid, aparcando en las puertas de los colegios con unos lemas o slogans que llamaban poderosamente la atención. Enmarcado entre dibujos de niños y niñas, aparecían estas frases: “los niños tienen pene; las niñas tienen vulva; que no te engañen”. Los que redactaron estas frases no tuvieron en cuenta matices y detalles muy importantes cuya ausencia pudo herir los sentimientos de algunos niños y niñas y los de sus padres.

En lugar de “los niños tienen pene” y “las niñas tienen vulva” deberían haber escrito: “no todos los que tienen pene se sienten niños” y “no todas las que tienen vulva se sienten niñas”. Según los antiguos clásicos, “contra facta non sunt argumenta”, en lenguaje de la calle, “las cosas son como son”. Es un hecho real que hay niños y niñas que, por variadas razones, no se sienten a gusto -y no es por capricho- con su sexo biológico, realidad que deben tener muy en cuenta los padres y los educadores para ayudarles a desarrollarse como personas, sin traumas que impidan la felicidad a la que todos tenemos derecho. La presencia en las puertas de los colegios de este autobús no puede por menos que provocar sufrimiento, rabia y complejos en estos niños y niñas, todavía frágiles en su desarrollo psicológico, y, por supuesto, el rechazo de sus padres.

Pero con ser muy llamativas las expresiones anteriores, tiene, si cabe, mayor trascendencia el texto final: “que no te engañen”, pues ello supone que en la escuela existe una aviesa intención de manipular ideológicamente a los niños, inculcándoles cosas que no son correctas, algo de cuya existencia no hay constancia. Esta campaña confunde el constatar y respetar con adoctrinar e inculcar. Y es que una cosa es adoctrinar y otra muy distinta poner todos los medios posibles para desterrar cualquier tipo de discriminación de aquellos niños y niñas que se sienten diferentes, con el fin de evitarles sufrimientos inútiles.

Las personas que gestionan o secundan asociaciones fundamentalistas de este tipo -muchas de ellas por motivos religiosos-, al creerse en posesión de la verdad absoluta, se arrogan el derecho e, incluso, el deber moral de acusar y condenar a todos los que no piensan como ellas, y de intentar imponer su pensamiento a cualquier precio. No se dan cuenta determinados sectores católicos que, al promover, apoyar y defender públicamente estas campañas integristas y ultraconservadoras, consiguen el efecto contrario: concitar el rechazo a la Iglesia, no solamente de ciudadanos no creyentes, sino también de muchos cristianos que quieren permanecer en su seno.

A la Iglesia no se la defiende condenando e imponiendo, sino respetando la libertad de conciencia de cada persona, buscando el diálogo con los que no piensan como nosotros y practicando la tolerancia, que no supone la renuncia a nuestra identidad cristiana, sino la aceptación sincera, abierta y crítica de los que piensan de modo diferente.

El respeto, la tolerancia y el diálogo con todas las personas son hoy día imprescindibles para encontrar metas comunes hacia las que todos caminemos de la mano.