San Romero de América

Eran los años duros de la guerra civil en El Salvador. Muchos campesinos, gente del pueblo,
muchos sacerdotes, religiosos y religiosas, que explicaban y aplicaban la teología de la liberación en
su vida y en su pastoral, murieron asesinados por los militares. Entre ellos, el arzobispo de San
Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero. Los gobernantes no soportaban sus homilías,
justificadas denuncias de las flagrantes y gravísimas injusticias que cometían contra los más pobres
del pueblo; esos pobres que -decía él- “me convirtieron”. La gota que colmó el vaso de la paciencia
fueron aquellas palabras que pronunció el 23 de marzo de 1980: “Yo quisiera hacer un llamamiento
de manera oficial a los hombres del ejército. Hermanos: son de nuestro mismo pueblo, matan a sus
mismos hermanos campesinos y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley
de Dios, que dice: No matar. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos
lamentos suben hasta el cielo, les suplico, les ruego, les ordeno: cese la represión”. Excitados por
este llamamiento a la desobediencia, buscaron un asesino a sueldo que disparó sobre él mientras
celebraba la Eucaristía en la pequeña capilla del Hospital de la Divina Providencia de la capital
salvadoreña.
Su vida pastoral de entrega y defensa de los derechos de los pobres no era bien vista por
parte de los obispos del país ni por el Vaticano. Algunos compañeros lo tacharon de subversivo.
Nada extraño. El mismo Jesucristo fue un subversivo para las autoridades de su tiempo y corrió la
misma suerte. Para el pueblo sencillo y para muchas comunidades cristianas de base de la Iglesia
americana fue, desde el día siguiente de su muerte, San Romero de América. No para la Iglesia
institucional, que lo dejó en el olvido por mucho tiempo, mientras elevaba a los altares a otras
personas, en ocasiones por la vía rápida.
El papa Francisco manifestó desde los primeros momentos de su pontificado la intención de
proponer como ejemplo y modelo de vida cristiana y de entrega a los pobres a monseñor Óscar
Romero. El 25 de mayo de 2015 fue beatificado en la plaza “Salvador del Mundo” de San Salvador
en una ceremonia oficiada por el delegado pontificio, cardenal Ángelo Amato. Hace unos días el
papa Francisco acaba de anunciar su próxima canonización, junto a la de Pablo VI. Bien se merece
este santo popular que la Iglesia lo reconozca y proponga como ejemplo de vida cristiana y de
seguimiento de Jesús.
Termino con estas palabras suyas, premonitorias de su martirio : “Como pastor estoy
obligado por mandato divino a dar la vida por quienes amo, aún por aquellos que vayan a
asesinarme. Si llegaran a cumplirse las amenazas, desde ya ofrezco a Dios mi sangre por la
redención y resurrección de El Salvador”.